Soy una continua lista de excesos,
te dije la primera vez que tomamos unas cervezas en Lavapiés.
No se querer poquito a poco,
que llego y te amo a toda hostia
por si mañana viene la muerte y
no tiene tus ojos pero si tu olor
y entonces,
la hemos jodido.
Me aterraba que aprendieras el significado de
mi sonrisa cada día al despertar y
ver como te quedabas ahí detrás,
aguantándome la mano cuando no me quiero levantar.
¿Follamos?
Es lunes y suena el despertador,
déjalo que suene,
te digo,
aún confío en que un día
él solito aprenda a guardar silencio.
Y de ahí,
a la patada en la puerta de tu casa,
un desalojo, otra okupación,
mira es que me he enamorado de ti y si no te lo digo me muero.
Pasa y ponte cómoda,
tienes medio armario para ti y
una cama de dos por dos que se nos va a quedar pequeña.
Desde entonces te esperé cada día a las 15.24 a la puerta de casa,
con un abrazo hambriento,
vestida, a veces, únicamente con una sonrisa.
Solo quería una pizarra,
donde ponerte:
compra manzanas rojas.
Te quiero.
¿Ahora entiendes eso que te decía del amor?
Lo de que los pequeños detalles mueven el mundo.
Me jode tener razón pero
los tuyos acabaron por ponerme al lado de la puerta
por donde si te asomas a través de la mirilla
lo ves todo oscuro.
Construiste un muro y, sin saberlo,
te quedaste al lado equivocado,
pensé.
Y fue a partir de ese instante,
en el que mi madre
saca a relucir sus filias y fobias
por saber que ando sola por las calles y los bares,
preguntándome cada sábado y domingo,
Anita, cariño,
¿Estas viva?
y yo, aún no se muy bien que le debo responder.