11 de febrero de 2026

 


Querida Lola, amor mío, 

hoy hace veinte años que te fuiste.

Cada día y cada noche he pensado en ti,

y he soñado contigo.

Jamás habrá un ser humano como tú.

Sólo quiero estar contigo. 

                                        Te quiero.


Aquella mañana desperté, como cada día desde que se fue, con el recuerdo de Lola ocupando la mitad de la cama. Así que me desperecé con sigilo para no despertar su recuerdo. Me senté al borde de la cama e introduje mis pies en las zapatillas de invierno que me regaló antes de morir. Con ímpetu alcé el cuerpo y me sostuve a duras penas para iniciar el camino hasta la cocina. A mi edad cada vez resulta más difícil medir adecuadamente la fuerza del impulso, si empujo y no llego, el siguiente envite será más costoso, si me paso en la fuerza y me caigo, levantarme será albergar la paciencia de una tortuga panza arriba.

A menudo me pregunto cómo es capaz de llegar el recuerdo de Lola antes que yo a todos lados, si para cuando aún no me había levantado de la cama y su recuerdo seguía durmiendo, cómo es posible que me esté esperando sentado en su silla, la de la esquina izquierda de la mesa de la cocina.

Nadie te explica antes de perder al amor de tu vida cuánto ocupará el vacío que deja. Uno presupone que tendrá un tamaño, un metro cúbico, tal vez tres, o quizás ocupe toda la casa y eso, perdónenme no sé cuántos metros cúbicos son. Porque sí, aún pareciendo una paradoja, convivir con el vacío de Lola a veces me resulta incómodo porque ocupa más de lo esperado. Lola era inmensa y claro, eso se traduce en tener que vivir su ausencia apretado en el sofá, antes lo hacía con las piernas encogidas para ocupar lo menos posible, ahora la edad sólo me permite subir las piernas a la mesa baja que Lola compró en el Rastro en el otoño del 1993.

Su vacío ha modificado mi manera de habitar la casa. He aprendido a moverme en un espacio necio esquivando el tamaño de una soledad que supera, en mucho, la medida de Lola. Ella, que medía 1.64 y que a penas sobrepasaba los 50 kilos, me ha dejado la tarea de tener que adivinar en qué lado de la cama duerme cada noche, en qué sillón estará leyendo una novela, qué lavabo usa para lavarse los dientes antes de dormir y, definitivamente, déjeme que les confiese, no soy bueno en la tarea adivinatoria porque siempre me choco contra ella. 











18 de agosto de 2025


 Ana se parafrasea.


Trato tu piel como si de almendro en flor fuera.


Tie ne la flor

La boca ex ten di da

hacia una palabra que no encuentra.


Di ces No pero

tus o Jos de o li vo

no mienten.

Mi espejo de madera te exhorta

/

/

/

/

/El amor es una ficción/

/El amor es una verdad incontrastable/

/El amor es la duda más grande/

/El amor es el dolor mostrando su espalda/


/El dolor es el árbol que crece tapando la puerta/.





 Averiguar qué fue primero:

la palabra o el bosque.

 

Qué poco queda de aquella pregunta que indagaba en la raíz,

del tiempo en que las manos cavaban con la decisión firme del hierro,

desvistiendo la tierra,

buscando la palabra

/refugio/


¿Hasta dónde habrá crecido este bosque sin nosotros?


Si ahora ya nadie lo mira...


¿Seguirá estando

                                ahí?

7 de enero de 2025

 

Me pregunto si lo importante de la vida no estará escondido detrás de la viga que -dicen- atraviesa mi ojo. Me pregunto si es probable que caminando sobre ella llegue hasta la cama de paja que dicen hay en los tuyos, esa cama sobre la que tumbarse en verano cuando es la hora punta de las chicharras para mirar fijamente el sol hasta que te lloran los ojos. 

Tal vez así se disipe la viga, se moje la paja, la vida salga a flote y se ahogue la tragedia de no saber por qué tengo una viga en el ojo pero te sigo viendo cada vez que me miras y entonces aparece tu cama de paja, y entonces el sol, y entonces todo vuelve a empezar.  

Durante un tiempo, esperé sentada en el portal de tu casa hasta que decidieras bajar para calmar mi sed. Pero eso nunca pasó.

Así que guardé esa sed en un frasco que llevo conmigo siempre y que de vez en cuando miro al trasluz para comprobar que sigue viva. 

La sed, claro. 

De qué iba a hablar sino.


30 de septiembre de 2024



Hay algo extraviado en este cuerpo de hambre

que no acaba por reconocer el valor del pan.

Así que lo toma con las manos

-sucias-

para llevarlo hasta la boca

-abierta-

tratando de comprobar si su dureza está a la altura

del dolor añejo escondido en la parte honda del paladar.


Este cuerpo de hambre 

todavía recuerda el sabor arenoso de la miga seca,

la incomodidad de la corteza agria en las encías.

-los dientes recogen la memoria de la facilidad con la que masticábamos el pan la primera vez-

cuando este cuerpo desconocía la franqueza 

con la que es capaz de hablar el hambre,

porque el         aún no había entrado en nuestra casa. 

                        pan





10 de febrero de 2024


A Ana

y el lienzo para las flores.



He aprendido a estar sin ti

de la misma manera que una planta se desprende de sus flores

llegado el invierno.

Ofrecer la flor como sacrificio para continuar la vida

y pese a ello,

no hay duda,

no toda pérdida conlleva recompensa.

Y lo sé porque las flores que volverán a brotar en primavera

 ya nunca se parecerán a ti.

 

2 de febrero de 2024

 

A Ana,

y la procesión que va por dentro.


Voy a sentarme en el portal de mi casa

para ver pasar tu sombra.

Para ver pasar tu sombra

voy a sentarme en el portal de mi casa,

mientras los edificios sujetan la luz de las ventanas

y el mundo parece haber extraviado nuestra voz.

qué obsceno recordar el lenguaje en el que hablábamos de la luz,

ahora que tu sombra es toda presencia.

Todo parece haber permanecido intacto desde entonces

y sin embargo,

me ha crecido el pelo

he perdido peso

la clavícula que asoma cada vez más,

lo hace reclamando una salida a las hormigas del estómago,

la buscan desde que te fuiste,

quién sabe si la hay,

quizás nunca la hubo.

tal vez fui como un rabo de lagartija,

viva pero separada de mí misma.

                                                                                  La sombra es un lugar que da para mucho.

Voy a sentarme en el portal de mi casa

para ver cómo caminas delante

y así poder cerrar la puerta.

la luz ya no atraviesa las rendijas.

                                                                                 Tú te has quedado fuera de este renuncio.

A vivir se aprende entre las sombras.

A renacer, entre la luz,



17 de enero de 2024

 


Suena «Janela bat»

A Ana, 

que aprendió la ventaja del agua.


Cómo nombraremos a las cosas a partir de ahora.

El hogar,

que ya no será lo mismo,

pasará a convertirse en una simple casa

|pared|

cemento

gotelé

                        v e n t a n a. |janela|

La cama, ya no la cueva,

será sábana

                            sudario

desaliento

almohada a la izquierda

imitándote en el gesto inerte de la fase más profunda del sueño

donde a penas te movías.

La silla del despacho,

ya no será silla,

ni la mesa, 

                        mesa,

aún hay tardes en las que caliento un té para que

recuerde cuál era su función.

|¿la mesa o yo?|

Ahora la casa es un búnker donde refugiarme 

todas las veces que te echo de menos

y me duele el cuerpo 

y no sé qué hacer con él,

ni dónde ponerlo porque si nombro este cuerpo,

que ya no es este cuerpo sino otro,

reaparece el musgo en las costillas

y no sé cómo alcanzar el aire para que el lenguaje acabe por nombrar 

lo inabarcable de tu hueco en este espacio.




16 de diciembre de 2023

 

A Ana

y el idioma que desaprende.



Se me han caído las palabras de las manos.

Qué alivio 

comprender la nada que sostiene que este lenguaje. 

2 de diciembre de 2023

 


A las manos de Ana.


Tendría que haber prestado más atención al tacto de tu cuerpo

de haber sabido que acabaría por perderlo.

Debería haberme obcecado en guardar cada centímetro 

muy al fondo de la palma de mi mano

para que ahora, 

que me acaricio casi cada día,

fuese tu cuerpo quien lo hiciera.



24 de septiembre de 2023





A Ana, que recoge los recuerdos con las manos.




Aquella tarde,
cuando desperté,
tenías un campo de olivos entre la boca.

  Querida Lola, amor mío,  hoy hace veinte años que te fuiste. Cada día y cada noche he pensado en ti, y he soñado contigo. Jamás habrá un s...