14 de diciembre de 2020

 Para entonces, 

la piel ya se había convertido en vestido de yute, 

en incómoda presencia. 

No sirvió la hiedra anudada en las pestañas 

para salvar la deuda de mirada añeja,

 casi primaveral, 

que atraería el olor de los naranjos hacia si,

convirtiendo la piel en laberinto de flores.

 Tampoco obtuvo resultado 

la paciencia del musgo escondido tras las uñas,

pues rascar la piel era invocar la solidez de un caparazón.

Para entonces, 

el crisálido vestido

ya se había convertido en hogar de gorriones, 

de cobijo y ofrenda.

Sin poder desterrar aquello que fue,

hoy representa el umbral de la sangre que contiene.

A quién va a importar destejer la piel, 

tenderla al sol para admirar el brillo cuarteándose, 

si para entonces, 

ya se habrá convertido en acertijo indescifrable.

10 de noviembre de 2020

 

La vida  no es, sin embargo, 

ese espacio tan idílico que imaginábamos. 

Diría, sin temor a equivocarme que

 hemos superado tantos naufragios 

que avistar tierra ni siquiera nos conmueve.

Nos lamentamos con los dientes apretados 

mientras la desidia nos mira agazapada 

entre las ramas de un ciprés herido, 

con la convicción de tener frente a sus ojos a una presa arrodillada,

que no sabe pedir clemencia.

El sol parece desteñirse en ocre a estas alturas de la tarde, 

entre malvaviscos y azucenas, 

humedales donde todo crece y duerme, 

un flamenco aleteando cambia la dinámica del viento,

y el viento ya no es el mismo,

el flamenco tampoco,

el ojo no es.

No hemos comprendido el engranaje de la vida 

salvo por la cordialidad con que tratamos a la muerte, 

o la delicadeza con la que manipulamos la nieve de los párpados,

como si en su derretir de paisaje en la retina

se nos fuera parte esa vida que, 

sin embargo,

no es ese espacio tan idílico como imaginábamos.


1 de noviembre de 2020

 

Me siento lejos,

lo reconozco.

Me siento lejos

ahora que me recorre la travesura intrépida del mar

pero entonces

toda la montaña

- que hasta ahora era nieve, nube, me arriesgo a decir niebla-

se evapora tras una arena de cristal.

Estoy lejos,

lo sé,

los abedules crecen

-¿dónde?-

y el rumor de sus raíces brotando,

de sus hojas furiosas,

de su olor

-ahora convertido en naftalina-

me recuerda la distancia.

Este paisaje no me reconoce,

soy la hija de un espejo opaco,

al que me esfuerzo en bautizar con luz.

Y no ilumina.

Mientras tanto,

es la sombra la que me recuerda que soy aquí,

con la tormenta entre las manos,

la promesa de este paisaje entretejido de humedales y abandono.

Estoy lejos.

Lo sé.

Lo reconozco.

18 de junio de 2020



He aquí la semilla de este encuentro,
donde la tela de araña tejida entre nosotros 
toma conciencia de la luz.

En vosotros descansa hoy la certeza 
de ver crecer el árbol que sembramos,
testigos todos de la ceremonia,
os convertís desde hoy en acompañantes de un camino,
que aun ya iniciado,
hoy cambia de color
y avanza.

Sabed que en la luz de este horizonte que aparece ante nosotros,
está por escribir la historia 
que nos queda
que nos une.


28 de abril de 2020




Tras ese contraluz,
hay un alguien recogiendo 
un vestido de huesos del suelo.

Para ello ha descendido desde la cumbre
de la clavícula doblada
hasta el esternón deshecho de la arena.

Y ha tenido que arrodillarse.

Ha tenido que vencer el contrapeso de la culpa,
de la desdicha hecha pedazos
  y se ha sorprendido al contemplarse soplando 
la ceniza.

Se ha obligado a extender la manos,
dedo a dedo ha barrido hacia sí
el ocaso de lo que algún día fue un cuerpo
al que sostuvo un amasijo de huesos
que hoy,
vencidos,
dibujan en el suelo el parámetro de una ausencia
que no se puede medir.


21 de abril de 2020



Enhebrar la aguja,
dejar el rastro de saliva posado sobre el hilo,
atravesar el ojal 
no sin antes guiñar un ojo
- el derecho-

Dejar las gafas descansadas sobre la punta de la nariz.

Prender de la boca un hilo,
como para establecer el contrapunto 
que equilibre la tarea
de iniciar la primera puntada sobre la tela.

Introducir los dedos,
aprovechar cada retazo roto,
cada hilo desperdigado,
aquella tela de vida desgastada que cosía
resucitaba en cada gesto de hilo que introducía dentro.
Zurcía con la ternura de quien 
se sabe encomendado para una hazaña importante.
Tejía, como araña experta, 
la red que devolvía la vida
a aquella tela que todos dieron por muerta.

Mientras, 
al otro lado del calcetín,
mi abuelo observaba de reojo el ritual,
como yo,
que desde muy cerca comprobaba 
cómo se ha de tejer una tela de araña perfecta.

El verano atendía las disposiciones 
de los hombres en el interior de aquella casa,
donde mi abuela recomponía los pies de su marido
para que nunca se olvidaran de caminar.
Por eso zurcía sus calcetines.

17 de enero de 2020




No podré decir
"no, esta no es mi jaula"
pues reconozco sus barrotes
como quien reconoce, instintivamente, 
el olor de un hijo recién parido.

No podré decir
"no, esta no es mi jaula"
porque se destila la ternura de un presidio construido e inconsciente, 
 donde de vez en cuando se cuela el aire,
agudizando el protagonismo del metal.

No podré decir
"no, quise salir pero no pude"
pues mastiqué compulsivamente el hierro que me contenía 
hasta hacer de mi saliva una aleación entre libertad y miedo, 
sudor y lágrimas, 
sarna y grito.

No podré decir
"no, 
aquel rayo de sol que se colaba entre barrotes me favorecía"
dibujaba una sombra aterciopelada y fría, tan distante y afinada que,
 sin querer un día escapó de esta habitación impropia.


  Querida Lola, amor mío,  hoy hace veinte años que te fuiste. Cada día y cada noche he pensado en ti, y he soñado contigo. Jamás habrá un s...