21 de abril de 2020



Enhebrar la aguja,
dejar el rastro de saliva posado sobre el hilo,
atravesar el ojal 
no sin antes guiñar un ojo
- el derecho-

Dejar las gafas descansadas sobre la punta de la nariz.

Prender de la boca un hilo,
como para establecer el contrapunto 
que equilibre la tarea
de iniciar la primera puntada sobre la tela.

Introducir los dedos,
aprovechar cada retazo roto,
cada hilo desperdigado,
aquella tela de vida desgastada que cosía
resucitaba en cada gesto de hilo que introducía dentro.
Zurcía con la ternura de quien 
se sabe encomendado para una hazaña importante.
Tejía, como araña experta, 
la red que devolvía la vida
a aquella tela que todos dieron por muerta.

Mientras, 
al otro lado del calcetín,
mi abuelo observaba de reojo el ritual,
como yo,
que desde muy cerca comprobaba 
cómo se ha de tejer una tela de araña perfecta.

El verano atendía las disposiciones 
de los hombres en el interior de aquella casa,
donde mi abuela recomponía los pies de su marido
para que nunca se olvidaran de caminar.
Por eso zurcía sus calcetines.

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