Nadie,
repito,
nadie
debería arrodillarse ante quien no entiende
cómo sacar
las astillas de las uñas,
la mugre de los párpados,
la lumbre acumulada en la mejilla,
las polillas de las manos,
la trenza de humedad del esternón,
la culpa de no haber sabido llorar a tiempo.
Nadie
debería arrodillarse ante quien teme la sed del lobo
que se lava la herida
con ungüento de saliva y dolor,
acordonando la sangre que mana.
Qué lastima,
pienso,
aquellos que sólo alcanzan a ver valor en la cicatriz.
debería arrodillarse ante quien no entiende
cómo sacar
las astillas de las uñas,
la mugre de los párpados,
la lumbre acumulada en la mejilla,
las polillas de las manos,
la trenza de humedad del esternón,
la culpa de no haber sabido llorar a tiempo.
Nadie
debería arrodillarse ante quien teme la sed del lobo
que se lava la herida
con ungüento de saliva y dolor,
acordonando la sangre que mana.
Qué lastima,
pienso,
aquellos que sólo alcanzan a ver valor en la cicatriz.