A Ana
y el idioma que desaprende.
Se me han caído las palabras de las manos.
Qué alivio
comprender la nada que sostiene que este lenguaje.
A Ana.
Tal vez un día te preguntes cómo es el amanecer en Ítaca
y sepas la respuesta.
No resulta fácil alcanzar el olor de los laureles,
la victoria, en cualquier caso,
parece más una obstinación que una conducta heroica.
donde el valor más que una suerte parece fruto de una torpeza bien disimulada
No resulta fácil repartir la luz.
Descreer al ciego que la necesita,
enjuiciar a quien la porta,
la antorcha, digo
con destellos de dignidad y valor.
para él todos los vítores,
para el ciego sin embargo...
Aceptaremos entonces que la dominación,
en definitiva, la impronta de lo que vive y respira solo,
pasa porque el fuego sea capaz de mantenerse sin nosotros,
de alguna manera la luz,
también.
A Ana y la paciencia de contar copos de nieve.
De qué servirá amaestrar la nieve,
si para cuando el invierno nos alcance,
ni tú ni tu abrazo estaréis aquí para ofrecer cobijo.
De qué habrá servido, entonces,
enseñar a la nieve cuál es su lugar,
cómo ha de caer sobre tus ojos,
jugar con tus mejillas,
desaparecer entre mis muslos.
No habrá servido para nada,
esfuerzo fútil este de querer demostrarte lo imposible,
y mentirme una vez más.
A Manuel, el muerto viviente.
Lo siento mucho, Ana.
La verdad es que nadie se lo esperaba,
así, tan de repente...
Sigo sin comprender el significado del pésame de los demás
si no es por la mortaja que todos parecen ver menos yo.
Me pregunto dónde verán el luto.
Tal vez no escondí lo suficiente la pena de perderte,
y la lleve puesta en alto como una corona de espinas
que confundo con la diadema de pájaros que una vez conocí
porque tú me la pusiste
reina yo de todos los paisajes
Sigo sin comprender esta viudedad tan viva,
la de encontrarme tus mensajes y fotografías,
y llorar sin que hayas muerto.
A Ana, que también era Manuel durante un tiempo.
Hubiese querido un hijo con el color de tus ojos,
junto a la inocencia que practicas cuando desconoces algo
y el mundo brilla en tus pupilas.
Hubiese querido una hija con nuestro pelo rizado y mi color oscuro,
con el carácter de una lagartija que
trepa la tapia para ver qué esconde
y corre para venir a contarme,
con las rodillas desolladas,
que la pared sólo era cal,
que escuece pero cura porque mamá,
estás aquí y un beso tuyo bastará para sanarme.
Hubiese querido un fuerte hecho de sábanas en el salón,
un camping en el patio para ver estrellas,
una cama quedándose pequeña un domingo a la mañana.
Qué injusta esta pena de tener que
escupir a mis hijos de la boca
mientras el resto del mundo amamanta a los suyos en los brazos.
Al olor de Manuel.
El día que decidiste quedarte atrás
el tiempo también lo hizo contigo.
Desde entonces, cada día que pasa, es decir,
cada día que supero al anterior,
una circunferencia me crece en la cintura.
No siempre ocurre,
hay espacios en los que cabría más de una mano
entre una anilla y otra.
Podrías caber tú.
Podría también crecer un árbol
¿no seré eso yo?
¿un árbol sin hojas?
El día que decidiste quedarte atrás
también cambió la vida,
ahora las tareas cotidianas son otras,
han adquirido otro matiz.
Sigo lavando la ropa pero
ahora sostengo la labor desde
la conciencia de quien retira un olor para que jamás vuelva.
A Manuel, y la habilidad de la luz en contra.
Por aquel entonces también había polvo en los armarios.
La luz entraba dibujando pequeños caminos brillantes
sobre la superficie de los muebles.
era inevitable no verlo.
Por aquel entonces también
escondías en los cajones la vergüenza de no saber qué hacer,
ni qué decir,
ahora, sin embargo,
no hace falta abrir ningún cajón para escucharte
siento tanto, tanto haberte hecho todo esto pero...
Yo sabía de la vida por la cantidad de polvo que soplábamos
entonces.
Me sorprendo al ver que
todavía
ahora
sigues buscando la manera de dar la espalda al destello de aquel entonces
cerrando los cajones desde dentro.
A Manuel, que va conmigo a todas partes.
Vivo con un hombre en mis espaldas.
Se parece a ti.
eres tú
lo sé porque cuando acerco la punta de la nariz al espejo
y exhalo,
el olor del vaho es el de tu saliva.
El hombre que vive pegado a mí,
se viste y se desnuda conmigo.
Caminamos juntos por la calle,
si yo doy un paso, él da el mismo,
si yo salto, él salta,
no dando lugar a error en la imitación perfecta del gesto.
Le pongo pruebas imposibles,
he probado a correr muy rápido hasta quedar sin aliento,
a cerrar los ojos durante 5 minutos y luego poner la cabeza bocabajo.
Y nada sigues ahí, pegado como un lunar.
Me he duchado con él,
desayunado con él,
masturbado con él
y no se marcha.
Lo peor es dormir
porque el hombre que vive en mis espaldas parece que me cubra,
como antiguamente,
ha pasado sólo un mes.
Ha llegado la hora de enfrentar un pacto,
yo dejo que vivas en la espalda,
pero no me abraces por las noches.
A Manuel y el hueco.
Tengo miedo de
caerme
dentro de algo que no sé qué es,
ni cómo se llama,
ni qué forma tiene.
Me aterra no saber a qué huele,
si el tacto será áspero, si el dolor será más ancho.
no puedo soportar que la grieta se agrande más de lo que ya lo hace
Tengo ahora, como quien tiene una planta en el salón.
un miedo heredado, del tamaño de una vida
que no sé dónde poner porque siempre estorba.
Hay un eco en cada oreja que repite siempre el mismo mantra
cuál es la salida a este dolor.
cuál es la salida a este dolor.
cuál es...
salida...
dolor.
Y no sé si la hay porque en el espejo mi dolor y yo somos la misma.
A Manuel y la casa con vistas de la Casería.
Todavía es verano en la casa que nunca tendremos.
Entrará el poniente removiendo la cortina,
la arena acabará posada,
tímidamente,
sobre el alféizar de la ventana
donde Serafín toma el sol a las siete de la tarde.
Todavía es verano en aquella cocina
donde el levante seca el pan
y las hormigas buscan camino hasta el desagüe
los días en los que las sábanas se secan en un instante de viento.
Nunca sabremos si esa casa será capaz de soportar todo el peso del vacío
de todos los sueños que hemos nombrado
pero no se han cumplido.
A Manuel, que intentó beber café sin éxito.
Me has lanzado a la cara un cataclismo y yo ahora me he convertido en uno de esos agujeros de gusano que, por lo visto, siempre que entras vuelves al inicio.
Confieso que llevo días mintiendo a los vecinos.
Aunque saben que las plantas no se están muriendo solas.
Lo hacen conmigo.
A veces tengo ganas de gritarle a algún desconocido que no soporto más este agujero de gusano. Pero no lo hago, por el contrario, aprieto los dientes hasta que la sien me advierte de que ya es demasiado.
Trago saliva.
Estoy tragando tanta saliva que empiezo a pensar que estoy cerca de ahogarme.
Me gustaría saber qué piensas cuando te despiertas.
Me gustaría saber si ahora huyes de mi recuerdo como lo hacías de mí los últimos días.
A veces creo que podría partirme en dos.
Literal.
Dejar caer cada lado hacia su lado y simplemente estar ahí.
Tirada y rota.
Tengo ganas de gritar a algún desconocido que un día decidiste empezar a tomar café aún a sabiendas que te hacía daño y no explicarle por qué.
Dejar que la duda quede y le atrape.
Como a mí.
Que se sienta víctima de una tela de araña.
Como yo.
Que no sepa explicarse qué coño es un agujero de gusano ni por qué hay una mujer llorando mientras compra si hace meses que lo lleva haciendo sola.
Yo que siempre compré leche para dos,
hoy he desayunado un café solo.
Olvidé comprar la leche.
Al rastro de Manuel.
Pedir una ofrenda y obtener tu cuerpo.
La mano que acaricia
recuerda esta piel como la suya misma
y sin embargo,
teme,
porque en el mismo instante en el que la mano se desprende
y abandona la piel que toca,
recordar pasa a ser,
irremediablemente,
un verbo que contiene todo un cuerpo pasado y a la vez
desconocido desde el presente.
Porque aquel
ya no es.
Porque ahora la nada obliga a discernir
para qué la mano.
A Manuel, que se fue para encontrarse.
Recuérdame cómo era la casa
hasta dónde llegaba la luz
y si bastaba para calentar el cuarto.
Si hubo plantas en la puerta de la entrada,
latas de conserva en las estanterías,
servilletas de papel en el salón.
- parece predecible el devenir de la rutina
pero no-.
Recuérdame el valor de la pared.
Qué ocultaba esta
y quién estaba
en
[la grieta]
Admito que el litigio ahora es acertar a comprender
cómo se cayó ese muro,
quién tiró la primera piedra y
quién puso la intención de derribar la casa con nosotros
[dentro].
A quienes nunca pondré cara.
Haizea ha cogido un diente de león.
Haizea sopla.
Todas las semillas quedan esparcidas por el suelo
mientras sonríe con la inocencia de quien no entiende
que está cultivando la tierra.
Corre.
Ella es el viento.
Qué otra cosa iba a hacer sino escapar a lo previsto.
Mateo se acerca y le advierte,
mamá vendrá y te dirá que tengas cuidado
porque eso que estás soplando no son simples semillas,
es responsabilidad de vida.
Ahora, ¿le dirás a mamá qué vas a hacer para salvar este desastre?
Haizea sigue soplando,
baila entre la nube de dientes de león
y nada importa más que su sonrisa,
pura y salvaje,
distraída de las conjeturas de su hermano.
Mientras su padre y yo crecemos, ellos aún están por nacer.
A Manuel
que llegó para quedarse.
He aquí tu beso,
el nuestro.
En este instante,
en el que zozobra el ala de un flamenco,
yo echo de menos tu abrazo como único elemento
capaz de equilibrar y sostener el mundo.
Advierto,
no sin cierta valentía,
que tras este paisaje de piel de erizo
se compone la luminosidad del oro entre la piedra.
Y me arrodillo,
como lo hago ante el milagro de verte despertar cada mañana,
ganando ese tránsito débil entre el sueño más profundo
-hay quien diría que es lo más parecido a la muerte-
y el alumbramiento de la primera luz en tu retina.
Querida Lola, amor mío, hoy hace veinte años que te fuiste. Cada día y cada noche he pensado en ti, y he soñado contigo. Jamás habrá un s...