14 de septiembre de 2018





Trabajarás la tierra
pero no obtendrás cosecha alguna
porque el cuerpo es un ungüento de estiércol oxidado.
Así que amasarás las venas con la conciencia
de quien espera la pureza de un hijo impecable.
Y tragarás lejía
-para sanarte-.
Créeme señor,
yo he lavado mis tripas con cal viva,
como semilla que llama a la semilla que produce el trigo.
Créeme señor,
yo he arado el camino hasta mi vientre,
he frotado mis manos hasta el dolor
y he llegado hasta el centro,
removiendo y apartando escoria,
para encontrar al hijo
que devuelva la tierra a las manos de las mujeres
que empuñan su vientre como estaca
en el centeno.







A Manuel
que trae margaritas a mi puerta.


Suenan las campanas de la iglesia.

En este presente,
que todavía no es futuro pero tampoco es pasado,
tus manos son un nido de gorriones recién nacidos.

Mientras los pájaros caen de entre tus dedos,
mientras aún no han aprendido a volar pero ya tienen prendidas las alas,
-ese instante de vértigo y vacío-
de salvación en el primer aleteo ejercitado con urgencia,
yo comprendo la inadvertencia del tiempo.

La campana anuncia que son las doce
-y miente-.
Es en el punto del espacio donde converge tu cuerpo y el mío
donde se concreta la unanimidad del tiempo.

Y las campanas no lo saben.










He oído al mar romperse en llanto
contra la arena
mientras admirabais el ascenso impetuoso del cerezo.
Ahí
los gritos
emergiendo a bocanadas de la cueva.
Aún
os imagino adivinando el algoritmo de las flores fallecidas,
como si de ello tratase la belleza de la muerte.
Qué sabréis vosotros de la deuda de salitre acumulado
si todavía masticáis los restos de cerezas,
lamiendo el hueso,
con lascivia.
Observo el mundo como un templo derrotado de semillas.
Nada crece allí donde ha vencido el exterminio.


  Querida Lola, amor mío,  hoy hace veinte años que te fuiste. Cada día y cada noche he pensado en ti, y he soñado contigo. Jamás habrá un s...