A Manuel
que trae margaritas a mi puerta.
Suenan
las campanas de la iglesia.
En
este presente,
que
todavía no es futuro pero tampoco es pasado,
tus
manos son un nido de gorriones recién nacidos.
Mientras
los pájaros caen de entre tus dedos,
mientras
aún no han aprendido a volar pero ya tienen prendidas las alas,
-ese
instante de vértigo y vacío-
de
salvación en el primer aleteo ejercitado con urgencia,
yo
comprendo la inadvertencia del tiempo.
La
campana anuncia que son las doce
-y
miente-.
Es
en el punto del espacio donde converge tu cuerpo y el mío
donde
se concreta la unanimidad del tiempo.
Y
las campanas no lo saben.
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