14 de septiembre de 2018




A Manuel
que trae margaritas a mi puerta.


Suenan las campanas de la iglesia.

En este presente,
que todavía no es futuro pero tampoco es pasado,
tus manos son un nido de gorriones recién nacidos.

Mientras los pájaros caen de entre tus dedos,
mientras aún no han aprendido a volar pero ya tienen prendidas las alas,
-ese instante de vértigo y vacío-
de salvación en el primer aleteo ejercitado con urgencia,
yo comprendo la inadvertencia del tiempo.

La campana anuncia que son las doce
-y miente-.
Es en el punto del espacio donde converge tu cuerpo y el mío
donde se concreta la unanimidad del tiempo.

Y las campanas no lo saben.






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