Bastó con asomarse al borde para comprobar que las flores habían dejado de crecer y que, en ese impasse de desconcierto, la vida nos había jugado una mala pasada.
Nos había colocado ahí,
al borde,
antes olíamos las gardenias,
mucho antes de alcanzar el precipicio,
pero ahora ya no,
quién sabe si quizás jamás hubo gardenias,
salvo en nuestra memoria que,
tal vez nos mienta,
y nos evoque aquello que quisimos tener,
que queremos tener pero que sólo recordamos,
porque una vez imaginamos que no hubo precipicio al que asomarse.
porque cuando creíamos recordar, tan sólo imaginábamos
-y en la memoria no se retiene la imaginación, sino el recuerdo-
Quién se atreverá ahora a rezar los salmos que aprendimos de memoria,
retahíla de sílabas de salvación.
Quién recogerá la mano,
sostendrá la herida,
repetirá incansable la oración hasta el milagro.
Levántate y camina,
tú,
mujer de prado abyecto,
mujer de atenuada pulcritud.
Levántate y labra el camino,
repite el salmo,
eleva la oración hasta que la sangre de las venas se disipe.