Tras ese contraluz,
hay un alguien recogiendo
un vestido de huesos del suelo.
Para ello ha descendido desde la cumbre
de la clavícula doblada
hasta el esternón deshecho de la arena.
Y ha tenido que arrodillarse.
Ha tenido que vencer el contrapeso de la culpa,
de la desdicha hecha pedazos
y se ha sorprendido al contemplarse soplando
la ceniza.
Se ha obligado a extender la manos,
dedo a dedo ha barrido hacia sí
el ocaso de lo que algún día fue un cuerpo
al que sostuvo un amasijo de huesos
que hoy,
vencidos,
dibujan en el suelo el parámetro de una ausencia
que no se puede medir.