10 de noviembre de 2020

 

La vida  no es, sin embargo, 

ese espacio tan idílico que imaginábamos. 

Diría, sin temor a equivocarme que

 hemos superado tantos naufragios 

que avistar tierra ni siquiera nos conmueve.

Nos lamentamos con los dientes apretados 

mientras la desidia nos mira agazapada 

entre las ramas de un ciprés herido, 

con la convicción de tener frente a sus ojos a una presa arrodillada,

que no sabe pedir clemencia.

El sol parece desteñirse en ocre a estas alturas de la tarde, 

entre malvaviscos y azucenas, 

humedales donde todo crece y duerme, 

un flamenco aleteando cambia la dinámica del viento,

y el viento ya no es el mismo,

el flamenco tampoco,

el ojo no es.

No hemos comprendido el engranaje de la vida 

salvo por la cordialidad con que tratamos a la muerte, 

o la delicadeza con la que manipulamos la nieve de los párpados,

como si en su derretir de paisaje en la retina

se nos fuera parte esa vida que, 

sin embargo,

no es ese espacio tan idílico como imaginábamos.


1 de noviembre de 2020

 

Me siento lejos,

lo reconozco.

Me siento lejos

ahora que me recorre la travesura intrépida del mar

pero entonces

toda la montaña

- que hasta ahora era nieve, nube, me arriesgo a decir niebla-

se evapora tras una arena de cristal.

Estoy lejos,

lo sé,

los abedules crecen

-¿dónde?-

y el rumor de sus raíces brotando,

de sus hojas furiosas,

de su olor

-ahora convertido en naftalina-

me recuerda la distancia.

Este paisaje no me reconoce,

soy la hija de un espejo opaco,

al que me esfuerzo en bautizar con luz.

Y no ilumina.

Mientras tanto,

es la sombra la que me recuerda que soy aquí,

con la tormenta entre las manos,

la promesa de este paisaje entretejido de humedales y abandono.

Estoy lejos.

Lo sé.

Lo reconozco.

  Querida Lola, amor mío,  hoy hace veinte años que te fuiste. Cada día y cada noche he pensado en ti, y he soñado contigo. Jamás habrá un s...