La vida no es, sin embargo,
ese espacio tan idílico que imaginábamos.
Diría, sin temor a equivocarme que
hemos superado tantos naufragios
que avistar tierra ni siquiera nos conmueve.
Nos lamentamos con los dientes apretados
mientras la desidia nos mira agazapada
entre las ramas de un ciprés herido,
con la convicción de tener frente a sus ojos a una presa arrodillada,
que no sabe pedir clemencia.
El sol parece desteñirse en ocre a estas alturas de la tarde,
entre malvaviscos y azucenas,
humedales donde todo crece y duerme,
un flamenco aleteando cambia la dinámica del viento,
y el viento ya no es el mismo,
el flamenco tampoco,
el ojo no es.
No hemos comprendido el engranaje de la vida
salvo por la cordialidad con que tratamos a la muerte,
o la delicadeza con la que manipulamos la nieve de los párpados,
como si en su derretir de paisaje en la retina
se nos fuera parte esa vida que,
sin embargo,
no es ese espacio tan idílico como imaginábamos.
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