Me siento lejos,
lo reconozco.
Me siento lejos
ahora que me recorre la travesura intrépida del mar
pero entonces
toda la montaña
- que hasta ahora era nieve, nube, me arriesgo a decir niebla-
se evapora tras una arena de cristal.
Estoy lejos,
lo sé,
los abedules crecen
-¿dónde?-
y el rumor de sus raíces brotando,
de sus hojas furiosas,
de su olor
-ahora convertido en naftalina-
me recuerda la distancia.
Este paisaje no me reconoce,
soy la hija de un espejo opaco,
al que me esfuerzo en bautizar con luz.
Y no ilumina.
Mientras tanto,
es la sombra la que me recuerda que soy aquí,
con la tormenta entre las manos,
la promesa de este paisaje entretejido de humedales y abandono.
Estoy lejos.
Lo sé.
Lo reconozco.
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