25 de septiembre de 2017



Accedo al consuelo de la cara recién lavada.

Hasta
aquí
puede advertirse la tizne negra bajo el ojo,
la arruga marcada que hace ángulo con el lagrimal,
el pensamiento en bucle amarrado al entrecejo.

Y sin embargo,
el agua se desliza ágil,
ajena,
destilando las ganas de llorar el mundo
y
la tragedia de las flores.






Me pregunto 
cuántas veces se ha 
de escalar la soga para comprender
su significado de bozal.

Me pregunto,
cuánto dolor rellena el cupo 
de razones suficientes
para dejar de reconocer el esparto como propio,
como una extensión inherente al cuerpo.

Desenredar las hebras de la garganta
para escupir violetas
en cada vuelo de un colibrí, 
es la fábula constante
que se esconde.

La jaula eres tú,
decía una voz baja.
La luz no se pude atrapar,
me respondí.

Desde entonces,
cada día 
aprendo a caminar descalza.

  Querida Lola, amor mío,  hoy hace veinte años que te fuiste. Cada día y cada noche he pensado en ti, y he soñado contigo. Jamás habrá un s...