20 de marzo de 2018



De qué habrá servido espolvorear de hollín 
los vestidos de aquellas niñas pálidas 
para hacerlas parecer menos tristes,
si aún cuando juegan a 
sacudir el polvo oscuro de sus faldas
parecen admitir con pena 
el duelo de la herida en sus volantes.









Del dominio de la luz pocos saben,
diríamos que casi nadie se atreve a ser cobijo
de la intermitencia de una luciérnaga.
Sin embargo,
yo sé de una casa para las luciérnagas colina abajo,
donde los llanos se confunden con la niebla,
donde una noche alguien vio volar la luz.






Diría que, a veces,
tu paso se parece al vuelo de una polilla en el cristal.

Una y otra vez golpea el vidrio,
con el ansia de horadar 
lo que ella considera metal,
lo que para nosotros,
no es más que un plástico de invernadero.

Así pues,
terca en su triunfo,
embiste la posibilidad nula de 
atravesar la dimensión traslúcida
que desprecia su aleteo constante.

Y tú,
volviendo a no reconocer el cristal.
Y tus pasos,
una y otra vez tintineando en la baldosa.

Aceptar que la grieta se hizo una y,
 que en su proceso,
el oxígeno fraguó.

Que la posibilidad absurda de continuar respirando 
está ahí,
junto a la polilla que sobrevive a las afueras del cristal.





  Querida Lola, amor mío,  hoy hace veinte años que te fuiste. Cada día y cada noche he pensado en ti, y he soñado contigo. Jamás habrá un s...