Diría que, a veces,
tu paso se parece al vuelo de una polilla en el cristal.
Una y otra vez golpea el vidrio,
con el ansia de horadar
lo que ella considera metal,
lo que para nosotros,
no es más que un plástico de invernadero.
Así pues,
terca en su triunfo,
embiste la posibilidad nula de
atravesar la dimensión traslúcida
que desprecia su aleteo constante.
Y tú,
volviendo a no reconocer el cristal.
Y tus pasos,
una y otra vez tintineando en la baldosa.
Aceptar que la grieta se hizo una y,
que en su proceso,
el oxígeno fraguó.
Que la posibilidad absurda de continuar respirando
está ahí,
junto a la polilla que sobrevive a las afueras del cristal.
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