No he preguntado donde se marchó ni quién decidió que se fuese. Ni por qué dejó de darme caramelos a escondidas, ni por qué ahora 14 años después los mismos caramelos ya no me saben igual. No se por qué me dejó sola y ya no hay paseos por el campo con el romero en la mano ni se por qué las esquinas ya no son sorpresas.
Lo único que se es por qué nunca le hice una visita. Es mejor la sensación áspera de sus manos en mi memoria que la charla inútil con la piedra que quizás sea la puerta que abrió equivocándose de camino.
Quizás algún día vuelva, espero que sea pronto. Aún sigo esperándole en la esquina de mi calle, con el corazón en puño y en la boca...caramelos.