Para entonces,
la piel ya se había convertido en vestido de yute,
en incómoda presencia.
No sirvió la hiedra anudada en las pestañas
para salvar la deuda de mirada añeja,
casi primaveral,
que atraería el olor de los naranjos hacia si,
convirtiendo la piel en laberinto de flores.
Tampoco obtuvo resultado
la paciencia del musgo escondido tras las uñas,
pues rascar la piel era invocar la solidez de un caparazón.
Para entonces,
el crisálido vestido
ya se había convertido en hogar de gorriones,
de cobijo y ofrenda.
Sin poder desterrar aquello que fue,
hoy representa el umbral de la sangre que contiene.
A quién va a importar destejer la piel,
tenderla al sol para admirar el brillo cuarteándose,
si para entonces,
ya se habrá convertido en acertijo indescifrable.
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