Papá me ha pegado.
Ha dejado caer sobre mí toda su culpa
y ahora yo no sé qué hacer con ella.
No sé cómo debo caminar.
Si con la antorcha apagada de los golpes,
si con la miseria del odio en la pupila,
si con el rostro desfigurado y pálido
de la congoja que no abarco con las manos,
si con el parpadeo frágil
de quien está siendo obligada a mirar hacia otro lado.
Cuántos laureles,
para qué estandarte.
Por qué.
Y la piel,
dónde está la piel,
ahora pócima de ortigas,
solar de salvamento,
tengo todos los colores del campo
pudriéndose en mi piel.
Quién auxilia,
recoge y reelabora el llanto.
Quién otorga el atisbo de esperanza que
el golpe acalla,
y desliza,
en cada golpe,
afuera.
Papá me ha pegado
y me ha dejado hundida en la pared,
como un estorbo,
como una sombra de paisaje obtuso y mísero.
No entiendo su lenguaje
por más que este diga,
obedece al golpe,
obedece a la mano.
Obedece a quien te ordena:
póstrate y claudica.
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