19 de mayo de 2021

 

He esperado a que traiciones tu propia carne,

a que eludas el antojo de sentirte débil,

a que des de lado el compromiso 

de dejar caer tu cuerpo con la misma gravedad

que lo hacen los árboles conscientes de su muerte,

sabiendo que deberán contar la distancia 

que aún les queda respecto al suelo,

respecto a la arena en la que verán convertidas sus ramas,

como si su último aliento fue un entrenamiento útil 

para quien sabe que acabará convertido en polvo,

escombros,

ceniza.


No levantes los ojos.

No te atrevas a mirarme.

La condescendencia con la que te trato son

las migajas del perdón que

no te pido,

que

no te debo. 


Así que no te atrevas a mirarme así,

con ojos de helecho deshojado,

mientras aún sostienes en la mano toda la ira

de un pedestal herido. 

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