He esperado a que traiciones tu propia carne,
a que eludas el antojo de sentirte débil,
a que des de lado el compromiso
de dejar caer tu cuerpo con la misma gravedad
que lo hacen los árboles conscientes de su muerte,
sabiendo que deberán contar la distancia
que aún les queda respecto al suelo,
respecto a la arena en la que verán convertidas sus ramas,
como si su último aliento fue un entrenamiento útil
para quien sabe que acabará convertido en polvo,
escombros,
ceniza.
No levantes los ojos.
No te atrevas a mirarme.
La condescendencia con la que te trato son
las migajas del perdón que
no te pido,
que
no te debo.
Así que no te atrevas a mirarme así,
con ojos de helecho deshojado,
mientras aún sostienes en la mano toda la ira
de un pedestal herido.
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