Trabajarás
la tierra
pero
no obtendrás cosecha alguna
porque
el cuerpo es un ungüento de estiércol oxidado.
Así
que amasarás las venas con la conciencia
de
quien espera la pureza de un hijo impecable.
Y
tragarás lejía
-para
sanarte-.
Créeme
señor,
yo
he lavado mis tripas con cal viva,
como
semilla que llama a la semilla que produce el trigo.
Créeme
señor,
yo
he arado el camino hasta mi vientre,
he
frotado mis manos hasta el dolor
y
he llegado hasta el centro,
removiendo
y apartando escoria,
para
encontrar al hijo
que
devuelva la tierra a las manos de las mujeres
que
empuñan su vientre como estaca
en
el centeno.
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