A Manuel
que llegó para quedarse.
He aquí tu beso,
el nuestro.
En este instante,
en el que zozobra el ala de un flamenco,
yo echo de menos tu abrazo como único elemento
capaz de equilibrar y sostener el mundo.
Advierto,
no sin cierta valentía,
que tras este paisaje de piel de erizo
se compone la luminosidad del oro entre la piedra.
Y me arrodillo,
como lo hago ante el milagro de verte despertar cada mañana,
ganando ese tránsito débil entre el sueño más profundo
-hay quien diría que es lo más parecido a la muerte-
y el alumbramiento de la primera luz en tu retina.
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