Me pregunto si lo importante de la vida no estará escondido detrás de la viga que -dicen- atraviesa mi ojo. Me pregunto si es probable que caminando sobre ella llegue hasta la cama de paja que dicen hay en los tuyos, esa cama sobre la que tumbarse en verano cuando es la hora punta de las chicharras para mirar fijamente el sol hasta que te lloran los ojos.
Tal vez así se disipe la viga, se moje la paja, la vida salga a flote y se ahogue la tragedia de no saber por qué tengo una viga en el ojo pero te sigo viendo cada vez que me miras y entonces aparece tu cama de paja, y entonces el sol, y entonces todo vuelve a empezar.
Durante un tiempo, esperé sentada en el portal de tu casa hasta que decidieras bajar para calmar mi sed. Pero eso nunca pasó.
Así que guardé esa sed en un frasco que llevo conmigo siempre y que de vez en cuando miro al trasluz para comprobar que sigue viva.
La sed, claro.
De qué iba a hablar sino.
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