Nadie recuerda la noche exacta en la que
te sacaron de casa con la capucha puesta
y las manos atadas.
Solo saben que
desde aquel día,
el dolor inundó la casa y
la vida no volvió a ser igual.
Tus ojos azules se tiñeron de rojo
mientras tu madre gritaba en casa,
agazapada en un rincón.
Solo preguntaba por qué.
Nadie gritó tu nombre el día de tu funeral
porque no hubo.
Aún estoy esperando que vengais a
contarme en que balanza pesasteis
los huesos de un bando y de otro.
Cual fue el momento en que decidisteis
que los suyos valían menos que los vuestros.
De verdad, vosotros no lo entendéis pero
mi abuelo hubiera necesitado tener el consuelo
de saber donde estan los huesos de Lucero
por si así la pena de dejar flores
bajo unas marcas de bala hubiera adquirido algún sentido.
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