Del acto de pulverizar las rosas,
solo queda la constancia de la espina,
sosteniendo el umbral de la puerta
ya cerrada.
El olor impregnado en la pupilas
de unas manos que se tuercen
para contemplar la torpeza de
para contemplar la torpeza de
descubrir que la cuerda
que nos sostenía era,
en realidad,
un péndulo.
Abriremos los ojos cualquier mañana
revelándonos dentro del último paso antes de la caída,
ahogados en la montonera de plumas desordenadas
donde tú veías las alas
y yo,
el hueco inconsciente de la herida.
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