25 de septiembre de 2014
Continuará
Se despertó sin necesidad del sonido istriónico del despertador. 8:06. Sentada al borde de la cama, con la camiseta llena del recuento de las vueltas entre las sábanas, se quedó mirando como sus pies rozaban el frío de una mañana de otoño en el suelo. Los primeros rayos de sol se posaban en la ventana y ella solo pensaba "hoy tampoco toca ver llover".
Dirigiéndose hacia el baño, contempló su mirada en el espejo. Las ojeras guardaban su lugar bajo los ojos. Todo estaba en orden. Se lavó la cara a conciencia, como intentando diluir el morado de las ojeras con el jabón anti todo que no servía de nada. Se secó la cara, sonrío y se dispuso a hacer café.
Una vez eligió los vaqueros desgastados y se colocó la flor blanca en el pelo se lanzó a reconocer el ritmo de la ciudad subterránea que cada día recorría de camino al trabajo. Miró al ejecutivo que no lleva calcetines en invierno, como desafiándo, en un alarde de valentía veraniega, las imposturas del otoño que comenzaba a renacer un año más. Ayudó con la mirada a alisar la falda de la chica de gafas que siempre permanece de pie apoyada contra la puerta que no se abre, "vivir al límite sabiendo que no hay riesgo que asumir es siempre mucho más sencillo", pensaba.
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