Tengo tantos nudos en la lengua
que el día que los deshaga
me pasaré siglos hablando.
De cuánto me dolió tener que oír
tus pasos en un pasado perfecto,
de por qué aún no me cojo de la mano
de desconocidos.
De por qué la yaga sangra si me soplan.
De por qué basta tan sólo un leve tropiezo
para ver volar las cartas
del castillo en el que me encerraste
el día que decidiste
que mi mano ya no era la calle
en la que pararte.
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