16 de octubre de 2015




Los niños de mi barrio
juegan salvajes en la plaza
flanqueada por yonkis.

Dibujan trayectorias imposibles
a golpe de pelota,
mientras se gritan los vencidos
y se abrazan los triunfadores.

Los niños de mi barrio
sonríen entre autobuses
que destilan todo el humo 
de una ciudad que corre atosigada,
que nos convierte en hormigas perfectas
de un terrario de asfalto y hormigón.

Mientras se dividen la victoria,
como si fueran gominolas,
me pregunto en que momento
decidimos que crecieran sus diferencias
como fronteras insalvables.
Quien decidió que el sonido de una bomba 
podría ser más fuerte
que el de la sonrisa de un niño, 
donde toda la libertad del mundo está intacta,
no entendió absolutamente nada.

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