Tras el golpe,
abrí los ojos en Pompeya.
Yo soy la columna
que aguanta estoica
el paisaje desolado que dejaste tras de mí.
Yo soy la flor
a la que cortas
medio palmo del tallo
para que sobreviva.
(Para ver el apogeo de las flores
hay que herirlas constantemente,
sino pierden el alimento que les otorgas.)
Y tú,
sin saberlo,
con cada envite
me aferrabas más a mi,
más a la piedra que me recuerda,
que Pompeya sigue en ruinas
pero viva.
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