No podré distinguir el cielo
con tanto pájaro volando.
No veré cómo se incendia el bosque
mientras transporto la cerilla entre los dedos,
recogiendo el viento inconcluso
que se arremolina debajo de mi falda.
Limpiarás el vaho de tus pupilas,
cómo plausible alternativa,
cómo si recomponer
el ornamento de espinas
que nos separa de todos,
nos hiciera más fuertes.
Aquellos que bautizamos como extraños
no eran más libres que tú y que yo gritando,
-viento en mano-
que seguimos sin ver el bosque
que nos distancia.
Y tú aún,
ni siquiera,
has encendido la cerilla
que nos muestre
cuál es el camino más directo
que nos adentre en las heridas.
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