Habríamos de preguntar al cristal
cuáles son las condiciones
impuestas a la luz
para dividirse.
De qué manera
ha de ceder la molécula de aire contenida en él,
en favor del rayo
que atraviesa y se deforma.
No mencionaremos como inútil
el contorsionismo de la luz,
repartida en mil partículas
(se adhiere al polvo como garrapata
que camina por el aire),
ni proclamaremos oscuridad
a todo hueco
entre sus átomos.
Ensalzamos sólo la división del rayo
como la aniquilación del territorio que abarca,
roto y desmembrado,
allí donde se posa,
todo crece.
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