A menudo tu sonrisa apuntala mis mañanas
construyendo abrazos y avenidas
que se enredan con bostezos.
A menudo sueño que
las sabanas menguan porque estás ahí,
justo donde el costado se me enfría
y tiembla la mano que te busca
naufragando en la terca sombra del armario.
Y es por ello que insulto a las persianas
por sentirme derrotada en el intento
de alargar la noche en que apareces,
justo al otro lado de la cama y
de la mano que te encuentra,
de la sonrisa que me acuna,
del costado que calienta lo que la mañana me arrebata.
Abro los ojos,
estás.
Buenos días.
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