No la recuerdo pidiéndole una fianza al aire para poder respirar. No la recuerdo vencida en el intento de no retroceder (a veces basta con eso, con no volver atrás) sentada en un borde del camino malogrando y vendiendose por las esquinas al peor postor. No la recuerdo con una sonrisa torcida ni con los ojos hinchados y con las manos temblando de miedo como si fuese una niña. No la recuerdo haciéndose tanto daño, tantísimo daño que a los demás acaba por dolernos como a ella por el simple hecho de ser espectador activo de la circunstancia.
Las paredes son retos a superar. Suerte que, con el paso del tiempo, aprendimos a construirnos escaleras.
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