La sonrisa de dos bocas. El temblor del primer beso, de la primera caricia y de todas las demás. El sueño construido, las noches a media vela encendida y otra vela apagada. Las lágrimas benditas del sexo acogidas por el calor que exhalaban esas bocas. Las palabras que sobraban, las respuestas sin preguntas. El padre, el hijo, mateo, el amigo, el confesor, el margen, el limite y el infinito. Las noches entre las sábanas de un pueblo perdido muertos de frío. Los mensajes a destiempo que servían de arranque a las mañanas. Las canciones, las alas, las frases, las peliculas (tarde de chucherias y patatas con sabor a jamon, a poder ser). Los paseos sin tener que fingir nada, las tardes de compras, el olor a café con pintxo (siempre tengo hambre por las mañanas, ahora ya va siendo menos). Los masajes de bienvenida, las estaciones de autobus (que cada vez me parecen más y más tristes). Las fotografías, el olor a oleo de la camiseta, el olor del pelo recién lavado y seco, las gotas de tu espalda. Verle fregar los platos (jode si, jode mucho que se moje la manga de la sudadera). El derribo de los muros y los que ya quizás no caerán. La sorpresa del abrazo por la espalda. El tacto de la mano que te busca en el camino. La mano que me agarra por la noche la cintura ( y no me suelta). El calor en la espalda y las cosquillas en la nuca. Los días apoyada en su pecho y él en el mio.El día 3 de cada mes. La espiral.
Ya está. Ya recordé.