2 de junio de 2017




El cuerpo es un bosque derrotado
al que se accede por resquicios 
de madera disecada.

Sí, así es.

Podría pensarse que bastaría con extender el brazo,
juguetear con los dedos entre la grieta
de aquel tronco
para adivinar cuál es el olor de mis costillas.

Pero no, esto no es así del todo.

Porque la ciudad es un río
que diluye la salvia que florece entre mis piernas,
resecando la costura de las hojas.

¿Dónde irán ahora los pájaros a anunciar que la luz se hizo
si las ramas de escenario son arena?
Dónde contarán que la luz de supero a si misma,
logrando hacer brotar la vida.

Recuperar el olor a costilla que late en la madera seca de aquel árbol,
esto sí, esto sí es un hecho:
porque he visto cómo juegas con los círculos de vida que me quedan pretendiendo alcanzar la pompa de jabón sin que se estalle.

El cuerpo es un bosque derrotado,
pero sobrevive alzado ante la arena.

Disculpa,

¿puedes decirme a qué huele la raíz que ha quedado en mis rodillas?

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