27 de febrero de 2016



Nos he visto atravesar las ventanas oscilantes
en busca de la nieve virgen 
que mermase nuestra sed.

Comimos como bestias del impúdico blanco que a duras penas
se sostenía sobre las ramas
de los árboles de aquel jardín,
donde masticamos el vacío que entre cada copo de nieve
se esconde.

A menudo me pregunto si ese vacío,
 que está siempre a la vista,
queda alterado sólo por la luz que la nieve irradia
sobre nuestras manos congeladas.

-Cuando únicamente nos interesa el calor,
despreciamos en favor del interés propio
cualquier partícula ajena de duda.-

Pero el hueco continúa ahí.
Como tú,
 asfixiado con la nieve.

Creyendo agua lo que tragas,
el engaño, una vez más,
 ha conseguido su consigna. 

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