Le costaba adivinar a que se enfrentaba cuando él le hablaba de amor. Entendió el significado del mismo entre cada una de las siestas de verano en las que, a mitad de camino del sueño, le desvelaba un cierto olor a salitre que a ella le hacía soñar con el mar sin conocerlo.
Cada día, uno tras otro, esperaba ansiosa que apretase el calor y se ahogasen las ventanas en sudor para poder disfrutar del hombre del mar, para confundir su respiración con el vaivén de las olas.
Fue, por fin, la última prueba a superar cuando una noche, una tarde equivocada de horario, besó aquello que resbaló por la cara de él y ella, absorta, admitió:
“saben a sal, por fin, por fin he visto el mar, bañándome en él, te quiero, no me cabe duda de ello”
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