Ella debió de decirte que aquella noche no te estaba entregando su cuerpo, te estaba hablando con él. No debió callarse y ocultarte que puso todo su empeño en aferrarse pero que, al margen de razones, no lo consiguió y ahora se contempla, pobre, en el espejo. Ella te habla sentada en una silla, como queriendo que sus palabras te lleguen a lo hondo de donde ella ya no consigue llegar. Se le pasa el tiempo conversando contigo y tu no lo sabes. Ella no pudo contarte que por las heridas le supuraba la vida y allí, esa misma noche, su cuerpo sangró para vivirte. Dándose por muerta se entregó a ti, te dió su vida y tu no lo supiste entender. Pero nadie te culpa por ello, ella se culpa por callar cuando no debió y ahora ella no para de arrepentirse.
Ella se sienta y cuenta los días, los que se fueron, que de los que vendrán no se atreve a pensar. Ella no habla si no es con el espejo, a solas, donde nadie la pueda escuchar. Ahora ella no pide más que encontrarse la esperanza que ha cambiado tu nombre por dios sabe donde se enconderá.
No hay comentarios:
Publicar un comentario