Nunca ví unos ojos que escondieran un niño de sonrisa imperfecta . Me enamoré de ti -de tus ojos-, me anexioné a ellos con el tiempo y ahora juego con el niño a la pelota mientras el paso de los días nos hace más viejos y nosotros, sordos, intentamos enderezar la sonrisa impefecta del chiquillo.
Y es que no solo esos ojos esconden una infancia sino que, cuando el niño duerme placidamente cansado de tanto jugar y batallar, yo me acicalo el flequillo mientras te sonrío y te digo, saltando: estamos listos, ¡vamonos!