Que hablen mis manos, espalda, piernas y pechos.
Que se posen y descansen sobre ti los resquicios de
mi cuerpo cansado de andar, sostener y tocar.
Tumbate, que me voy a dormir en tu espalda,
que la necesidad de perder el tiempo me abruma
y me nubla los días (con sus tardes y noches).
Para quien no lo sepa,
lo mejor que nos pasó fue que
nuestras pieles se conozcan,
hablen
y se echen de menos.