Sufro al oir la sirena
apresurada de las ambulancias
pensando a cuantos que
las siguen se les encoge el corazón.
Es, entonces, cuando suena el lloro
que la palabra no calma ni logra menguar
y el suspiro que aterra a quien lo exhala.
Aparecen los recuerdos sonoros
entre el temblor de manos,
el sudor de la sangre fría,
el querer haber sido sordos
condenados a no rememorar
aquella voz que nos acariciaba los días
y que nos cubría de amor por las noches.
Ahora, destinados al vacío,
el mundo pierde su sentido
y las sirenas seguirán llenando los rincones de la calle,
aceleradas, enloquecidas, gritando:
sálvese quien pueda.