21 de abril de 2017



Llevo amarrados los hijos que no tendré entre las costillas.
Sí,
como una hiedra que entorpece pero nutre.

Todos los hijos que no tengo
forman un paisaje austero,
son un bosque de película animada,
con oscuridad de vértice en la copa de los árboles.

Tal vez mi hija 
tenga los ojos de centeno de su padre.
El pelo negro de su abuela.
La columna torcida hacia la izquierda de su madre.

Es posible que camine sorteando
la luz tibia del atardecer en las aceras,
 guardando en botellas de cristal blindado
el último suspiro del lirio
del bisabuelo al que no conoció.

Puede que mi hijo,
adquiera la costumbre estúpida de abrir las ventanas en invierno
para hacer recuento de cuántos copos caen
adentro de la casa,
cuáles fuera, 
cuántos se estampan en el fondo del cristal
y llore,
desesperado ante la duda de arena blanca
de aquellas playas en las que no crecerá.

Soy todos los hijos que no tengo
y que cada mes guardo en un vasija transparente
que luego cuezo
con la lástima de quien no acierta a comprender
si es el agua o el calor el que arrincona la culpa.


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