Esa mañana decidí que iba a lavarme las entrañas
para que pudiera brotar aquel jazmín.
Así que tomé prestado
el jabón abandonado de mi abuela,
con el que frotaba los pies de su marido
cuando el dolor le cegaba los poros.
Acudí también al jarrón de nácar de mi madre,
como zaguán que conserva los geranios
y las montañas
como zaguán que conserva los geranios
y las montañas
que no crecen por encima de un olivo.
Robé las sábanas en las que de niña
soñaba con conocer el mundo,
la inocencia sigue intacta en aquel cerco de orina
[allí fue donde forjé mi grito]
Usé mi mano
como azadón que imita el duelo
entre hierro y la tierra.
Comencé a remover el viento de un costado,
a expulsar polillas del ombligo,
a soplar el polvo acumulado en la clavícula
y
escupí.
Escupí para que tú creyeras
que había llegado limpia,
con un jazmín atravesado en la garganta.
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