24 de enero de 2016
Ocurre, entonces, que la vida aparece atropellada y yo me pregunto, absorta, dónde es que me he dejado abandonados los zapatos. Mientras, soporto con diligencia la cara de pena con la que me mira mi gato cuando cruzo la puerta por las mañanas y aparezco sola.
Sucede, entonces y también, el sonido de sirenas de ambulancia enloquecidas que atraviesan una multitud ensimismada, preguntándose, supongo, a quién irán a salvar, si es que no está muerto cuando lleguen.
Suena Mahler (Symphony Nº 2. "Resurrection") dentro de mi cabeza y las hormigas de la ciudad caminan lentas, olvidando el agujero que buscaban.
A veces, y sólo a veces, amanece la distancia y tan sólo la coherencia nos recuerda que la pared estaba ahí. No a un lado ni a otro. Vivíamos rodeados por ella, con una libertad encarcelada que, de vez en cuando, se permitía la condescendencia de dejarnos sonreír.
Sigue sonando Mahler.
Y yo sonrío libre, mientras abro a cañonazos ventanas en el muro.
Respiro.
Al fin he encontrado mis zapatos.
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