Embelesaron los amantes
a las sillas abandonadas de la cafeteria
sosteniendo el tiempo entre sus manos,
otorgando ella a las pupilas ajenas,
en un atisbo de impúdica sinceridad,
el enrojecimiento de sus mejillas.
Tomaron por batalla las palabras desmembradas de sus bocas,
entornando caricias con desdén adolescente mientras,
casi sin dudarlo, estallaban los relojes,
y repicaban las campanas algarabía por doquier.
Había llegado el verano aletargado de sus sueños...
Que sea solo, caballero pero esta vez,
con amor.
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