Hubo un día en que decidí que no debía dejar de soñar. Tendría unos 14 o 15 años. Soñaba con encontrar a alguien que me llenase de mariposas el corazón, que me aligerase el tiempo que tanto me pesaba. Lo encontré, sentí las mariposas y el tiempo se fue. Hay sueños que acaban pero dejan el sabor en la boca para toda la vida y eso es algo que nunca dejaré de agradecer.
Soñé con dejar de tropezarme con las piedras que yo sola me ponía en el camino y lo conseguí descubriendo que dar saltos es más divertido que caer. Deseé rodearme de gente a la que llenar de sonrisas y palabras los días y creo haberlo logrado; de hecho a mi no dejan de dibujarme sonrisas cuando menos me lo espero. En realidad agradezco estar rodeada de los que me quieren y me odian, de los que me hacen la vida tranquila y liviana y los que se encargan de complicarla, al fin y al cabo soy un pedazo de todos ellos aunque ni si quiera sepan que participan en mi crecimiento.
Supongo que no he decepcionado a la niña que fui (y sigo siendo), que puedo agacharme tranquila para mirarle a los ojos y decirle, tranquilamente, que sigo teniendo tantos sueños como conejos puedan salir de la chistera de un mago y que no la olvido. Que no importa lo duro que sea el tiempo, ni el no reconocerte en el espejo, ni los retos, ni las veces que me di y me daré por vencida porque soñar me sacará de eso, como me salvó de tantas otras cosas.
Felicidades, pequeña, hemos dado una vuelta más alrededor del sol sin marearnos.
Hoy me autodedico: http://www.youtube.com/watch?v=V24wPLngBLw
y olé
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