No supo entender por qué sus manos se volvieron de piedra ante la posibilidad del roce de aquella piel que tantas veces había tocado. Sintió que sus manos no valían salvo para esconderlas detrás de la espalda, como se esconden los niños que tienen miedo a lo que desconocen y buscan amparo en la retaguardia de sus madres. Y no lloró porque no pudo, porque los sentidos se hubieron colapsado y ni el mayor desahogo que es la lágrima le brindó la ayuda que necesitaba en aquel instante en el que quiso escapar y no pudo.
Se agotó de esperar lo inesperado, que su mano izquierda hablase a la derecha y ambas, mutuamente, se guiasen hasta la piel. No ocurrió y comenzó al sentir frío desde las manos hasta las brazos, y luego por la espalda hasta la sien, así hasta que creyó desfallecer sin el mínimo resquicio para oponer resistencia.
Fue entonces, algo que ocurrió en el tiempo que dura un suspiro, cuando le besaron las manos, los brazos, la sien y la espalda y la sangre, como si nada, volvió a fluir. Pudo abrir los ojos, contemplar el milagro y tocarlo, esta vez si, con la punta de los dedos.
Jamás llegará a entender el por qué del colapso de sentidos, del vacío que uno siente cuando cree que no puede alcanzar pero lo que si sabrá, y ya aprendió, es el significado de la palabra MAGIA.
hola
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