La luz tiembla
como si el aire atravesara
su columna vertebral.
Lo admito,
aún lamo de mis dedos
el óxido calcáreo
con el que te vestías en días de lluvia.
El viento amenaza el hueso infectado de la sombra.
Se desliza,
incapaz,
sobre la astilla de luz
que ha quedado detrás de todo.
Lo sé,
todavía huelo los resquicios de agua pura
de debajo de mis uñas
como si de la última gota del desierto se tratase
nosotros,
que fuimos torrente
y selva
y manantial
y bruma
A menudo sonrío
como la estúpida serpiente que
ha arrancado la cabeza de la liebre
que se afana en masticar
ha arrancado la cabeza de la liebre
que se afana en masticar
(hacedla que se desaparezca, se dice)
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