Hasta ahora,
la palabra destino,
tan sólo imitaba
la pose torpe de una luciérnaga
al final de la tormenta.
Admitía la señal de fuga
tras la impenetrable ruta del bosque.
Concederemos,
entonces,
la valentía a la luz creciendo frente al viento,
otorgándose heroína frente al rayo,
disponiendo cuál ha de ser la salida
al laberinto entre tanta hoja rota,
tantas amapolas como sangre.
Desde aquí,
la luciérnaga ha perdido luz
pero aún puede leerse
en la madera arañada de los árboles,
somos la estirpe de un tiempo insalvable.
Mientras tanto,
lloramos,
claudicando.
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