Hicimos lo que debimos.
Contemplamos la barbarie
detenida tras la puerta
desde cada lado del sofá.
Sin mirarnos a los ojos.
Tú anudabas las alas a Ícaro.
Le posabas sobre el barrote del balcón
y le susurrabas al oído:
salta.
Yo, en cambio,
desenterraba la mala yerba del armario del salón,
arañaba la escarcha de la pared.
Sostenía la grieta,
en equilibrio.
Sostenía la grieta,
en equilibrio.
Hicimos lo que pudimos
con la carcoma que creció.
Quién pensó que la madera arde rápido,
no supo la velocidad
a la que a nosotros nos alcanzó.
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